Aproximaciones a la literatura carcelaria en Costa Rica

Por: DANIEL MATUL*

  1. Punto de partida

Desde el punto de vista moderno, la cárcel ha sido considerada un “horridus locus” o un “topos terribilis”, es decir, una sociedad habitada por monstruos o por seres que personifican los mayores temores de las emociones humanas o los estados físicos más degradantes.

Se trata de lugares poco explorados y muy individualizados. El horridus, entonces, refleja el carácter muy particular que se le ha impreso a la cárcel y a las personas que la habitan; a quienes, según Foucault (2002), había que disciplinar.

De acuerdo con Wojciechowska el horridus locus es un lugar donde las peores pesadillas se vuelven realidad. Hostil, por naturaleza, este sitio no solo da lugar al temor y al miedo, sino también es un sitio donde la amenaza física está muy presente y no existe quién pueda ofrecer ayuda. Todos los seres que ingresan a este lugar se transforman en bestias. El bosque de Arden de Shakespeare o las transformaciones de Ovidio, son un ejemplo del significado de lo que es un “topos terribilis”.

El locus horridus constituye, de esta manera, una sociedad aparte y en ese sentido, la cárcel representa una gran frontera, una línea divisoria entre “ellos/as” y “nosotros/as”. “Los muros candados y rejas, señalan un punto de corte social entre un “ellos” y un “nosotros”. Ellos o ellas, las personas privadas de libertad, son los “otros”, atravesados por la lógica del delito, que fueron apresados y son, tan solo en algunos casos, procesados.”

Esta separación es claramente revelada en la novela de Víctor Hugo, Los Miserables, cuando señala lo siguiente: “Al crecer pensó que se hallaba fuera de la sociedad y sin esperanzas de entrar en ella nunca. Advirtió que la sociedad mantiene irremisiblemente fuera de sí dos clases de hombres: los que la atacan y los que la guardan; no tenía elección sino entre una de estas dos clases.”

En una entrevista en la Revista Magazine Littéraire, aparecida el lunes 11 de abril de 2011, Michell Foucault afirma lo siguiente, “Ha sido absolutamente necesario constituir al pueblo en sujeto moral, separarlo pues de la delincuencia, separar claramente el grupo de los delincuentes, mostrarlos como peligrosos, no sólo para los ricos sino también para los pobres, mostrarlos cargados de todos los vicios y origen de los más grandes peligros.”

Cornelius Castoriadis, en “los dominios del hombre” afirma que el ser humano solo existe en la sociedad y por la sociedad; pero, aclara que, cada sociedad tiene una forma particular de ordenarse. El sentido de una sociedad está dado, de acuerdo con este autor, por el conjunto de normas, valores, lenguaje, herramientas, procedimientos y métodos de hacer frente a las cosas y de hacer las cosas.

Las sociedades en condiciones de encierro (las cárceles) desarrollan, pues, su sentido de una manera muy particular. Los (o las) habitantes del “horridus locus” se sostienen apegados y apegadas a la estructura y las significaciones que les imprime el encierro. La estructura del “topos terribilis”, a diferencia de las sociedades que describe Castoriadis, no tiende a la cohesión, sino a la fragmentación. Este, es el contexto educativo en el que se debe trabajar en la cárcel.

Conocer el contexto carcelario es indispensable para construir o reconstruir un proceso transformador dado que, todo sistema (o ser vivo) existe en interacciones en un medio. Lo que le pasa a este ser vivo (o sistema) en sus interacciones es que cada encuentro con el medio provoca en él un cambio estructural determinado en él, en su estructura, en el momento del encuentro.

Como también han dicho, Maturana y Varela, solo cuando el contexto o la circunstancia permite conocer a tal sistema más allá de una mera “unidad operante en su dinámica interna”, se puede comprender la vinculación mutua que se establece entre el sistema educativo propuesto y su contexto.

El acople, entonces, entre el sistema educativo que se propone y su contexto (la cárcel) es fundamental para la transformación social, dada que toda conducta es un fenómeno relacional entre organismos o sistemas y su medio (entorno o contexto). De acuerdo con esto autores, esto sucede así porque la naturaleza de todo contexto es relacional, pues “dependemos del contexto, que nos rodea como el aire que respiramos.”

Esta vinculación intrínseca con el entorno es vital en la construcción de conductas a partir de historias particulares que se tejen por medio de múltiples interacciones y, que, permiten un proceso de construcción literaria muy particular.

 

  1. Literatura en condición de encierro

Por otra parte, pareciera que no hay acuerdo sobre el reconocimiento, como concepto analítico, de esto que en algunos textos se ha dado en llamar “literatura carcelaria”. Aunque en el ámbito internacional los estudios sobre este tipo de literatura han sido muy robustos, en Costa Rica los trabajos académicos resultan ser escasos o nulos. Hay poca atención al estudio y teorización sobre la forma o la manera en que se analiza la producción literaria que se genera desde la cárcel por parte de personas privadas de libertad. Ello no quiere decir, que no se reconozca los esfuerzos por dar a conocer el trabajo literario en los distintos grupos de escritores y escritoras que permanecen en los centros penales costarricenses.

Por ejemplo, desde la publicación de los trabajos de José León Sánchez, hasta las ediciones hechas, recientemente, por agrupaciones como “Palabras libres”, “Al otro lado del sol”, “Vertedero satélite” o “Semillas de una gran cosecha”, entre otras agrupaciones, la visibilización y difusión de la literatura que se genera dentro de la cárcel ha sido muy importante. Pero, no ha habido un acompañamiento teórico que reflexione sobre el trabajo que se muestra en las distintas publicaciones. Es poca la reflexión y mucho menor la construcción de categorías que contribuyan a dar autonomía conceptual al trabajo literario que se realiza desde la cárcel por parte de personas (u hombres) en condiciones de privación de libertad.

El principal obstáculo para avanzar en este proceso es la legitimación de lo que se entiende por este tipo de literatura. El solo hecho de plantear la idea de “literatura” para este tipo de creaciones que ocurren dentro de un centro penal genera rechazo, burla, desprecio y negación por parte de ciertos sectores académicos y literarios.

Esto significa, también, que las personas privadas de libertad no son consideradas como escritoras o escritores. El término literatura carcelaria o literatura de la prisión fue creado en 1978 por medio de Bruce Franklin al publicar la primera edición de lo que se denominó “Prison Literature in America: The Victim as Criminal and Artist”, que recogió los trabajos desde Sócrates hasta Leo Blum.

La producción académica internacional al respecto muestra dos posiciones opuestas sobre la literatura que se genera desde la cárcel por parte de personas privadas de libertad. Por un lado, hay un reconocimiento de la literatura que se produce desde la cárcel, pero solamente aquella que ha sido elaborada por personalidades del mundo de la literatura, la política o la filosofía y que tuvieron que cumplir una condena.

Ejemplos de ello son Rosa Luxemburgo, Fatima Naut, Antonio Gramsci o Nelson Mandela, entre muchos otros ejemplos que se podrían suministrar. Esta posición desconoce o rechaza toda aquella producción que es elaborada por personas que no son personalidades e iniciaron su carrera literaria dentro de la cárcel. Esta producción es considerada una artesanía, una curiosidad, una anomalía, una terapia y, por consiguiente, ninguneada, disminuida, señalada como inferior o de mala calidad.

La otra posición que muestran los estudios internacionales es aquella corriente de pensamiento que reclama, en el sentido de Frantz Fanon, la zona del ser de la producción literaria que escriben personas privadas de libertad. Es decir, reclama la existencia y por tanto la autonomía conceptual de aquella producción que se denomina “literatura carcelaria”. Es importante señalar que tal producción literaria no tiene como principal característica la referencia al tema de la prisión o la vida en la prisión.

La principal característica de esta producción literaria es el sujeto creador, la persona creadora. La persona creadora de este tipo de literatura es aquella que se formó (con orientación o de forma autodidacta) dentro de la prisión y que al llegar al centro penal no poseía una tradición literaria.

Podría afirmarse, entonces, que este tipo de literatura es aquella que está fundamentalmente hecha por personas que cometieron un delito, cumplen una condena, no tuvieron una tradición literaria antes de llegar a prisión y su producción literaria se gestó en el tiempo que permanecen en prisión. Ello significa que, la creación literaria escrita por este tipo de personas, posee características estéticas y artísticas que son propias de su condición de personas privadas de libertad y de la influencia que el encierro (biopoder) ejerce sobre su visión del mundo y su cuerpo.

De esta manera, la literatura que se genera desde la cárcel posee condiciones y elementos que solo estando en la cárcel son posibles de experimentar a lo largo de un período de tiempo prolongado. La experiencia de vivir sin libertad, la experiencia de convivir en el encierro, la violencia de una institución masculinizada hecha para el castigo, marca lo que es este tipo de literatura. Es la privación de libertad (en las condiciones establecidas arriba por el biopoder) la que otorga la autonomía conceptual y justifica la construcción teórica alrededor de esta producción literaria.

Como se ha visto, anteriormente, las personas privadas de libertad han experimentado la opresión del encierro, el peso de las instituciones totalizantes de la peor manera posible, a través de la violencia. La evolución del trabajo literario dentro de la cárcel no ha sido, ni será fácil. “La isla de los hombres solos” (1979), revela los obstáculos materiales que existen para generar y desarrollar un trabajo literario.

En primer lugar, la violencia ocultó o destruyó las expresiones literarias creativas que probablemente surgieron, están surgiendo y surgirán en los centros penales. En segundo lugar, la producción literaria se desvaneció en contextos donde las reglas de poder interno entre las privadas de libertad generan temor a la escritura.

En muchos ámbitos carcelarios la educación, la lectura, la escritura son ajenas y profanan las reglas internas en los lugares donde conviven las personas privadas de libertad. Además, el poco contacto con la sociedad (el encierro) y el recorte de muchas de las relaciones con el exterior limitan la difusión o conocimiento de este tipo de literatura. En otros casos, el acceso a los insumos para la escritura (lápiz, papel, libros, guías y muchos otros) establecieron una línea fronteriza para propagar el trabajo literario en las cárceles.

De igual forma, el nivel educativo de las personas privadas de libertad y sus posibilidades de acceso a la educación excluyeron, probablemente, del trabajo literario a muchas personas. Por supuesto, el grado de apertura de los centros de atención institucional (cárceles y ministerios) para que las personas privadas de libertad conozcan y compartan un sitio en los círculos literarios nacionales es otra de las limitaciones que poseen.

Ciertamente, las personas privadas de libertad han tenido mayores limitaciones y peores condiciones para el reconocimiento de su trabajo literario. Estas condiciones, por supuesto, han tenido un enorme peso en el reconocimiento de esta literatura. Por ejemplo, siguiendo la línea descriptiva que se señala en Los Miserables (Víctor Hugo) o la Isla de los Hombres Solos (José León Sánchez), las primeras expresiones literarias escritas fueron hechas en paredes (a manera de grafitis), en pedazos de papel o cartón.

Muchas veces no se conoce el nombre de la persona que escriben tales textos o los textos literarios se presentan o escriben por medio de la utilización de seudónimos. En la realización, por ejemplo, de la producción discográfica “Almas en Vuelo”, las personas que presentaron sus poemas lo hicieron por medio del uso de seudónimos. No quisieron usar sus nombres de pila. Probablemente, mucha de esta literatura se ha perdido o ha tenido un carácter sumamente temporal, debido a las condiciones precarias de los insumos y del entorno donde se escriben.

 

  1. Sociedades en condiciones de encierro y literatura

Es posible identificar tres períodos de institucionalización (encierro) que marcan las condiciones que limitaron la expansión de las expresiones literarias en la cárcel. Un primer período que se puede enmarcar a principios del Siglo XIX (1822), con la creación de una cárcel en Cartago. Este período se extendería hasta finales de este mismo siglo (1873) con la creación del Presidio en San Lucas.

Un segundo período se inauguraría a inicios del Siglo XX (1906) y tendría una duración aproximada de sesenta y cinco años, hasta la creación de Centro Penitenciario La Reforma en 1971. Y, finalmente, el tercer período, que abarca el período comprendido entre 1971 hasta la creación de las nuevas unidades de atención institucional (2018) denominadas Unidades de Atención Integral (UAI).

Cada uno de estos períodos ha ido acompañado de una extensión de los derechos de las personas privadas de libertad y que, con ello, se han ido ampliado las condiciones en las cuales el sistema penitenciario permite mayores espacios y genera condiciones para que las personas privadas de libertad puedan desarrollar un entorno que poco a poco ha ido propiciando la expresión literaria en las personas.

 

  1. Reflexiones de cierre

Finalmente, unas breves consideraciones en relación con esta primera aproximación que posee un carácter exploratorio, en un área de la literatura que es poco estudiada y conocida en Costa Rica y Centroamérica.

En primer lugar, las personas que cumplen una condena dentro de una institución carcelaria lo hacen en un contexto de violencia permanente, donde no solo se ven afectados sus derechos, sino que el castigo, la condena, la privación de su libertad las trasciende al punto de negarles su existencia o disminuir su humanidad.

La cárcel como texto, como espacio propicio para la generación de expresiones literarias es ignorado. No es considerado ni dentro de la periferia, ni dentro de la marginalidad. Simplemente, no es considerado como válido o legítimo. Es un espacio prohibido que no debe ser puesto sobre la mesa límpida, filosófica y maestra de la poesía costarricense.

La literatura que se genera desde la cárcel por personas privadas de libertad no posee como característica principal los “temas de la cárcel”. Su principal característica es que es hecha por escritores y escritoras que han sufrido los efectos del encierro y la disciplina (biopoder) como una experiencia que se vive desde el cuerpo. Esta es, por tanto, la fuerza de su autonomía conceptual y analítica que le brinda su especificidad y su valor. Nadie que no haya experimentado la cárcel puede hacer “literatura carcelaria.”

Hasta hace poco la literatura escrita desde la cárcel por personas que están privadas de libertad había tenido dos manifestaciones concretas. Por un lado, la denuncia por los tratos inhumanos en las prisiones, tal como sucede en “La isla de los hombres solos”, desde la narrativa. Por otra parte, la otra manifestación se constituyó por medio de la poesía y que mostraba la vida cotidiana de las personas en la cárcel.

Hoy, pareciera que las expresiones literarias están mostrando las posibilidades de la literatura, no solo como expresión legítima, sino también como una fuerza capaz de transformar en asocio con la educación. Por primera vez, se observan esfuerzos por vincular las acciones literarias con la política pública para el cambio personal (resocialización) de las personas privadas de libertad.

Esta iniciativa es liderada por el Instituto de Estudios Latinoamericanos (IDELA) de la Universidad Nacional y que reunirá durante tres años el trabajo creativo de las personas, con la construcción de una propuesta educativa para trabajar la transformación por medio del arte y la realización de investigaciones sobre los efectos del biopoder, la creación literaria y la transformación personal.

 

  • DANIEL MATUL es escritor y profesor en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Costa Rica ( IDELA-UNA)

 

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