Análise: “Una Ojeada al cine hecho en Guatemala — el espejo, cultura formativa e identidad”

cine guate

Por Arno Argueta*

 

En marzo del 2008, AGA Cine, la asociación guatemalteca del audiovisual y la cinematografía, publica un corto comercial titulado Corto Ley de Cine 1 en youtube. En este corto un personaje cineasta dice: “es bueno que haiga cine, para que las presentes y futuras generaciones sepan, como somos, como hablamos, como nos miramos, que se entiende, la esencia del chapín… el cine es la memoria audiovisual del pueblo.” Respecto a la ley de cine, el personaje amigo responde “saber ni cuanto tiempo va a pasar engavetada esa babosada.” Seis años después, Guatemala, después de ser invitada a Ibermedia (fondo internacional para apoyo al cine) fue dada de alta al no pagar las

cuotas anuales, y la ley de cine aún no es realidad. Sin embargo, cineastas guatemaltecos continúan apoyando y empujando dicha propuesta.

Según el diario El Periódico, “a partir del 2008 se producen de seis a ocho películas anuales y cada año se recibe al menos un reconocimiento” (Castillo), los años 2010 y el 2012 llegaron a producciones en dobles cifras y estas fueron más que premiadas nacional e internacionalmente. Por lo que, para cineastas y periodistas “el cine se vuelve una via de desarrollo cuando más que una industria es un espejo para una nación ambienta de cultura y cambio” (Castillo) y sin embargo, toda esta supuesta cultura y este supuesto reflejo representado en el espejo del cine, parece tan virtual como la imagen reflejada del espejo más simplista y banal.

Viendo video tras video sobre el cine hecho en Guatemala, la metáfora del cine como espejo, apunta a una de las razones por las que a pesar del crecimiento de esta industria, todavía no hay un apoyo institucional o ciudadano.

Pensar en el cine como espejo, es pensarlo como el medio a través del cual el pueblo guatemalteco pueda ver su reflejo. Pero hasta ahora, este es un reflejo pasivo. Es verse y reconocerse sin abotonarse la camisa o peinarse el cabello. Esta conceptualización del cine, ignora la capacidad creadora de la mirada. En el Estadío del espejo Lacan indica que:

“el control, de la inanidad de la imagen, rebota en seguida en el niño en una serie de gestos en los que experimenta lúdicamente la relación de los movimientos asumidos de la imagen con su medio ambiente reflejado, y de ese medio ambiente virtual a la realidad que produce, o sea con su propio cuerpo y con las personas, incluso con los objetos, que se encuentran junto a él.” (Lacan 1)

Para Lacan, el estadío del espejo produce una transformación en la que el sujeto se reconoce y se auto-define al reconocerse. Al verse reflejado, el ahora sujeto establece una relación entre el reflejo-reconocido y sus alrededores. Todd McGowan explica que “la teoría lacaniana tradicional de cine entiende la mirada como aparece en el estadío del espejo y como funciona en el proceso de interpelación ideológica. Siendo así, la mirada representa un punto de identificación, una operación ideológica en la que el espectador se invierte en la imagen fílmica” (McGowan, 30 mi traducción). Según la teoría tradicional lacaniana del cine, el instante de auto-reconocimiento frente al espejo, en este caso, frente al cine, crea al sujeto en el instante que este se vé reflejado.

Según esto, es en el momento de reconocerse, cuando se rompe la mirada narcisista del sujeto-mirada y cuando se crea una relación alienante con su medio ambiente. Pero el proceso es doble, el sujeto no solo establece su relación de poder con su alrededor subyugando su definición de yo a este espacio, sino que también obtiene poder al definir este espacio. Cuando el cine se reconoce sólo como reflejo de la realidad guatemalteca y como registro visual del presente, ignora el proceso de agenciación del cual es parte. Al admitirse sólo como espejo que refleja y no como espejo que forma la identidad, el cine se despoja de su capacidad de empoderar al guatemalteco como ente político, social y cultural.

Con esto no quiero decir que el cine necesita que ser un cine político y que si no lo es, no tiene repercusión o valor. Esto equivaldría a aseverar erróneamente que el cine de ficción es inferior al cine documental. A lo que me refiero es que aún las películas que se dicen apolíticas tienen un valor político con el solo hecho de existir sin apoyo financiero de un estado que parece querer su dimisión. Tomemos la película Las Marimbas del Infierno, de Julio Hernández. En este largometraje, un metalero, y un marimbista intentan y fallan en crear una banda fusión de marimba-metal. Aunque la película recibió gran cantidad de premios internacionales, en Guatemala esta fue recibida con vacilación exactamente como el proyecto de marimba-metal fue recibido dentro de la película.

¿Porqué el guatemalteco responde así frente a la producción cultural nacional?

Responder esta pregunta está fuera del alcance de este pequeño artículo. Hay todo un campo de trabajo que se necesita para responder, aunque parcialmente, esta pregunta. Sin embargo, propongo que el cine mismo apunta a posibles razones.

Recientemente, con la visita de Mario Rosales, guatemalteco radicado en Nueva York a la Universidad de Texas en Austin del 20 al 22 de marzo, tuve la oportunidad de ver el primer largometraje del cineasta. Ya galardonado con varios Emmys por su trabajo en el show de televisión Nueva York, de CUNYtv, y habiendo presentado varios cortos en festivales internacionales, Mario Rosales, es quizá quien mejor retrata el proceso de negación y rechazo a la producción cultural guatemalteca.

El Regreso de Lencho presenta a Lorenzo Aguilar, un joven que habiendo vivido en Nueva York, regresa a Guatemala. Ya en el país, Lencho trabaja con un colectivo de artistas para crear un festival de arte público buscando crear un cambio social. Sin embargo, Lencho revive, ahora en carne propia, la misma persecución que su padre quién fue asesinado frente a sus ojos en los años 70’s. El potencial político del arte de Lencho y sus compañeros es percibido como peligroso por la “Unidad especial de inteligencia” — agencia según el director, basada en el programa de limpieza social que hasta el 2006 funcionaba en secreto, por lo que tiene que ser aniquilado.

A través del largometraje, Lencho que también es artista grafitero, muralista, y parecería ser un ente anti-productivo de la sociedad es constantemente asediado y prohibido su libertad de expresión. La violencia física y la estigmatización de los movimientos artísticos y los jóvenes cómo algo peligroso están presentes en el film. Si el arte visual del graffiti, y el arte urbano son considerados ilegales, el cine, quizá más aceptado y hasta legal propone ser una vena cultural de empoderamiento para sujetos cuyo hablar también es prohibido.

Sin embargo, la mayoría de cineastas parecen querer negarse a sí mismos esta capacidad de hablar por si mismos al describirse como grabadoras que solo reproducen lo que “el guatemalteco” dice. Lo que vemos en El Regreso de Lencho, es lo opuesto a la mayoría. Marilena Chauí describe este proceso respecto a Gramsci: “Não se trata de instrumentalizar a cultura para a luta política e sim de fazer da própria luta pela hegemonia o processo histórico de instituição de uma cultura política” (Chaui 10). Bajo este lente, se pueden considerar cultura política no solo filmes cómo Las Marimbas del Infierno y El Regreso de Lencho, sino también Puro Mula del BEST Picture System, La Vaca de Mendel Samayoa y la comedia Viva la Crisis dirigida por Jimmy Morales.

El proceso de la creación de cine en Guatemala, es y debe aceptar que es, un proceso de definición y no solo de reflejo cultural. Seis años tratando de pintar al cine hecho en guatemala como apolítico diciendo que es un reflejo de la realidad guatemalteca, mantiene estancada esta propuesta. Si “afirmar a cultura como um direito é opor-se à política neoliberal” (Chaui 138), al aceptar su capacidad formadora de identidad, el cine guatemalteco puede obtener nuevas fuerzas demandando el proyecto de la ley de cine, como un derecho.

Es mi deseo que el repensar el cine hecho en Guatemala, abra espacio para que actores, productores, directores, sonidistas y todos los que tienen parte en esta incipiente industria se empoderen y para que el pueblo guatemalteco tome conciencia que el cine del país no es solo entretenimiento, es cultura y es definición de rasgos identitarios. El cine refleja y libera. El cine hecho en Guatemala vale el voto de confianza.

 

*Arno Argueta é doutorando em Português e Espahol na Universidade do Texas/Austin.

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