Análise: “No saber perder”

segunda vuelta papeleta

 

Por Carmen Elena Villacorta Zuluaga*

Artera, soberbia y violenta: así es la derecha de El Salvador. También cuando, en las elecciones presidenciales de 1984, ARENA perdió ante el Partido Demócrata Cristiano (PDC), el candidato Roberto D’Aubuisson rechazó los resultados y acusó al Consejo Central de Elecciones (CCE) de haber actuado fraudulentamente. La primera y la segunda vuelta de los comicios de hace tres décadas dieron por ganador al pedecista Napoleón Duarte. También entonces los adversarios electorales de la derecha fueron objeto de la más sucia de las campañas y también entonces el pueblo salvadoreño los eligió mayoritariamente. ARENA, entonces recién fundado, puso el grito en el cielo, intentando deslegitimar la precaria institucionalidad del país. La circularidad de la historia produce paralelismos y hoy aquí estamos: frente al mismo partido de derecha haciendo el mismo berrinche. Los areneros no saben perder.

Que en 2009 entregaran el poder a Mauricio Funes de la manera pacífica y respetuosa en que lo hicieron fue la excepción, no la regla. Tal y como sucedió hace treinta años, lo entregaron porque las circunstancias los han obligado a respetar las reglas del juego democrático. Lo entregaron porque era lo más inteligente que podían hacer y porque no les quedó más remedio. Lo entregaron confiando en su capacidad para recuperarlo 5 años más tarde. Es decir, ahora. Durante la guerra arribaron a la silla presidencial en 1989, un lustro después de la derrota que se negaron a reconocer con altura. En la presente década apostaban a lo mismo: a recuperar la conducción del Estado cuánto antes. De ahí su encono contra Antonio Saca, sobre quien recayó la responsabilidad de la derrota de 2009, y también sobre los diputados que se escindieron de ARENA para fundar una “nueva derecha” agrupada en el partido Gran Alianza por la unidad Nacional (GANA).

Quienes pensábamos que ésta división de la derecha era definitiva, como se deducía de las beligerantes acusaciones mutuas con las que inundaron los medios de comunicación a lo largo de la gestión de Funes, nos equivocamos. No hay nueva derecha. Las diferencias dejaron de ser irreconciliables ante la posibilidad de que dos líderes históricos de la revolución arribaran a la presidencia y la vicepresidencia del país. Sin hacerlo público, las facciones de una sola fuerza de derecha se reunificaron para demostrar que no están derrotadas, que siguen orbitando con enorme peso e influjo sobre El Salvador y que no cederán fácilmente un terreno que consideran suyo por naturaleza: el control del aparto del Estado.

Diversos historiadores y estudiosos del proceso salvadoreño coinciden en señalar la inflexibilidad, miopía y cerrazón de las élites económicas, de las cuales las fuerzas de derecha en cuestión son herederas. Hasta hace 5 años, El Salvador estuvo gobernado por esas fuerzas, a excepción del intento centrista de la democracia cristiana durante los ochenta y de efímeros esfuerzos democratizadores previos, agresivamente interrumpidos por la Fuerza Armada. Si consideramos que el pequeño país se convirtió en República en 1859, debemos contemplar que El Salvador llevaba un siglo y medio en manos de esa derecha que hoy se niega a aceptar su derrota.

En el siglo XIX, esas élites destruyeron los ejidos en los que se tejía la vida comunitaria de las poblaciones indígenas y, con lujo de voracidad, se apoderaron de las tierras cultivables para el usufructo privado del añil, el café, el algodón y la caña de azúcar. Así, literalmente sobre las espaldas de las mayorías populares a las que forzaron a un trabajo casi esclavo, amasaron sus obscenas fortunas. Cuando el problema de la tierra se volvió insostenible, azuzado por la crisis económica mundial de 1930, y los indígenas desposeídos se levantaron en justa y digna protesta, fueron brutalmente reprimidos por la bota militar que la oligarquía agraria legitimó y sostuvo en el poder desde entonces hasta 1979. Aún hoy hay quienes en la derecha aplauden al dictador Maximiliano Hernández Martínez y reivindican el anticomunismo fanático que desde entonces vertebra la cosmovisión de las mentes conservadoras del país. Los mismos que justificaron la masacre de más de 10 mil indígenas en 1932, justificaron la persecución y la matanza indiscriminada de sacerdotes, monjas, líderes campesinos, sindicales y estudiantiles, intelectuales, mujeres, ancianos y niños, durante las décadas de 1970 y 1980. “Se metieron en política”, afirman. Lo cual quiere decir que organizarse, pronunciarse y oponerse a que El Salvador continuara sumido en la opresión y en la ignominia era razón suficiente para ser torturado, preso, exiliado, ametrallado desde helicópteros o ultimado en el propio hogar.

Para la derecha salvadoreña el pueblo carece de derechos. “Pero si la pobreza siempre ha existido”, argumentan. El pobre tiene que seguir siendo pobre para siempre y resignarse dócilmente a ello. No tiene derecho a vestirse mejor, ni a comer mejor, ni a educarse más, mucho menos a organizarse políticamente y a exigir, ya no digamos a gobernar. El lugar natural del pobre es el del sirviente. Mientras que el del rico es el del gobernante. ¿Cómo se les ocurrió a los sectores politizados de la “chusma” tener la osadía de fundar guerrillas, de lograr unificarlas, de enarbolar una revolución, de salir de ella convertidos en un partido político y de ganar las elecciones? ¡Ganarles a ellos! Los herederos legítimos de los dueños del país, los intocables, los que durante ciento cincuenta años pudieron masacrar impunemente, explotar inmisericordemente, legislar siempre a favor de sí mismos y robar tranquilamente del erario público sin que jamás ninguno, hasta hoy, fuera judicialmente perseguido por ello.

Parece y es una broma de mal gusto que hoy en día esa derecha se llene la boca con palabras como democracia y pueblo. Si alguien quiere un ejemplo de antidemocracia, si a alguien le cabe duda de lo que es ser antipopular, que indague un poco en la historia de ARENA. Al que reconocen como su gran líder, su fundador, del cual lucen orgullosos un busto en una avenida de las zonas exclusivas de la capital fue D’Aubuisson: el cerebro de los escuadrones de la muerte y autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero, entre otros crímenes de lesa humanidad. Lejos de desear la democracia para El Salvador, D’Aubuisson y sus secuaces trabajaron por la eliminación física de la totalidad de las fuerzas progresistas. Calculaban en 300 mil la cantidad de muertos necesarios para que en el país reinara de nuevo “la paz”. Una paz de cementerio, como la que Hernández Martínez instauró en 1932. Hasta que los Estados Unidos (quienes, dicho sea de paso, tampoco escatimaron en hacer correr sangre salvadoreña) lo forzaron a inventarse a ARENA.

El fin de la Guerra Fría posibilitó que Alfredo Cristiani, el “presidente de la paz”, el “niño bonito” de la burguesía nacional, inaugurara la serie de gobiernos neoliberales que le abrieron la puerta a las más despiadadas medidas de ajuste estructural. Así, Cristiani y sus amigos pudieron privatizar la banca, el sistema de pensiones y las telecomunicaciones para comprarlas, con el objeto de abultar aún más las fortunas de sus familias y garantizar que la migración de sus capitales hacia el sector financiero sucediera en copos de algodón. La desagrarización, la dolarización y la terciarización de la economía fueron todas medidas de los gobiernos areneros, opuestas a los intereses de los sectores populares (que se vieron empobrecidos y desprotegidos) y favorables a las élites que supieron aprovechar la cresta de la ola neoliberal. Norman Quijano, el último candidato presidencial de ARENA, es de extracción popular y esa fue una buena jugada electoral del partido. Pero ARENA no representa los intereses del pueblo, ni los representará. No está en su naturaleza.

¿Por qué, si eso es así, los areneros continúan captando el voto de la mitad del electorado salvadoreño? Es una de las preguntas que arroja el impredecible resultado de la segunda vuelta de estas elecciones presidenciales de 2014. Ello no le resta méritos al triunfo del Frente. Un triunfo al que accede solo, sin alianzas con sectores externos al partido y bajo el liderazgo de dos antiguos comandantes guerrilleros. Tampoco la democracia representativa pertenecía al ideario histórico del FMLN, hay que decirlo. Pero ha sido el Frente la fuerza política que más rápido aprendió a jugar con las reglas de ese juego y a respetarlas. Aceptó sus derrotas a lo largo de las dos décadas de posguerra en la que se nos impuso la oscuridad neoliberal y ahora celebra su triunfo, sin dejar de reconocer los grandes retos que tiene por delante. Uno de ellos es continuar demostrando, por medios pacíficos como hasta ahora, que es el instrumento del pueblo. Porque lo ha demostrado, con armas en la mano cuando fue necesario, y sin ellas desde que se convirtió en partido político, es que ha aumentado sensiblemente su caudal electoral. La violencia revolucionaria fue resultado de la violencia histórica de las élites contra el pueblo salvadoreño. El FMLN supo pasar esa página para entrar al sistema de partidos y adoptar las elecciones como medio de acceso al poder. Su triunfo del pasado 9 de marzo es también la derrota de siglo y medio de soberbia y naturalización de la injusticia. El Salvador no es una hacienda privada de la oligarquía, ni el Estado es pertenencia de la derecha. ARENA: a respetar el mandato soberano del Pueblo.

* Carmen Elena Villacorta Zuluaga es articulista y académica. Candidata a Doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Magíster en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Licenciada en Filosofía por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), de El Salvador, Centroamérica. Investiga sobre transición a la democracia en El Salvador y Centroamérica.

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