Análise: “El hombre de Montserrat de Dante Liano”

Por*  Mercedes Elena Seoane

Si bien el género policial tiene una larga e importante trayectoria en algunos países de nuestra América, la literatura del istmo había optado históricamente por seguir otros caminos; como señala Dante Barrientos Tecún en el artículo que acompaña nuestra edición de El hombre de Montserrat, durante la primera mitad del siglo XX no se encuentra ningún texto centroamericano que pueda considerarse verdaderamente inscripto en el género policial, a diferencia de lo que sucedía por entonces en otras regiones de América Latina (particularmente en el extremo norte y el extremo sur del subcontinente, es decir, en México y en Argentina).

Sin embargo, a partir de la década del ochenta comienza a verificarse la aparición de algunas obras que abren ese camino hasta entonces no explorado en la narrativa centroamericana. Ya en los años noventa, el policial en sus distintas variantes y combinaciones conforma un corpus relativamente importante que llama la atención de lectores y críticos. Si la emergencia, florecimiento u olvido de ciertos géneros literarios se relaciona y dialoga de distintas formas con el contexto histórico de aparición, no hay duda de que el policial sirve más que bien a la representación ficcional de los hechos criminales cometidos bajo las dictaduras latinoamericanas de los años setenta y ochenta, la represión estatal y la(s) guerra(s) sucia(s) y, ya en los noventa, a la tematización de la desintegración, marginalidad y violencia social que son característicos del impiadoso fin de milenio.

No resulta por lo tanto casual el género policiaco, encontrando un terreno fértil para crecer, sea recuperado y utilizado por los escritores del istmo, algunos en forma sistemática y otros recurriendo a él ocasionalmente para presentar en sus novelas la sórdida y violenta realidad centroamericana contemporánea. Sin embargo, muchas de estas novelas no responden a los dictados del género stricto sensu, y suelen combinar los elementos propios del policial con el de narrativas políticas, históricas, de denuncia, de la memoria, etcétera, contribuyendo a la hibridez genérica que suele presentarse en la literatura actual de la región. En muchos casos, esta hibridez responde precisamente a la intención de denuncia o de memoria histórica que surge cuando la novela política y el género policíaco cruzan sus caminos.

En ese sentido, la novela de Liano que proponemos comentar muy brevemente en esta ocasión resulta paradigmática. Dante Liano (Chimaltenango, 1948) alcanzó cierta fama literaria juvenil cuando publicó un pequeño texto paródico y para muchos desenfadado que marcó, junto con los escritos que comenzaban a producir sus contemporáneos (autores de la talla de Luis de Lión, Marco Antonio Flores y su grupo, Luis Eduardo Rivera y otros por entonces jóvenes rebeldes), un comienzo de renovación de la prosa guatemalteca. Corría el año de 1973, y los tiempos más oscuros de la trágica historia de Guatemala dispersarían, exiliarían o incluso provocarían la muerte de muchos de aquellos jóvenes que despuntaban a la vida literaria y política de su convulsionada tierra. Muchos años después, Liano vuelve a la década de 1980 para situar su novela El hombre de Montserrat, publicada en México en 1994 (y quizás por eso poco leída en Guatemala).

El protagonista, el Teniente Carlos García, comparte con otros textos de la “nueva” narrativa centroamericana la característica de resultar chocante para el público lector: García coopera con la tristemente célebre estructura paramilitar conocida como la G2, y se jacta de ser el autor intelectual del plan con el que se espían y descubren las casas de seguridad utilizadas por la guerrilla urbana. De principio a fin el texto focaliza en este personaje que, más allá de las primeras impresiones, es más complejo que el simple represor sin demonios personales, lo cual evita que el texto caiga en un remanido maniqueísmo.

La trama policial comienza con el descubrimiento de un cadáver misterioso (el hombre hallado en la colonia de Montserrat por García), pero a lo largo de la novela las revelaciones acerca del accionar del Ejército guatemalteco y las terribles matanzas que se llevan a cabo tanto en zonas urbanas como en la selva, de las cuales tenemos noticias gracias a la focalización permanente sobre el teniente y las informaciones extradiegéticas (es decir, externas al mundo creado por la novela) que el texto provee para reconstruir el clima de época y los aciagos acontecimientos históricos, terminan en realidad ocupando el centro de la novela, pues en definitiva el crimen del hombre desconocido pierde importancia en contraste con el crimen social que la obra pone en evidencia. El mismo García es, en definitiva, una víctima más de la perversión con la que se mueven las Fuerzas Armadas de las cuales él se siente miembro orgulloso, ignorando como los héroes de la tragedia griega las maquinaciones que se tejen a sus espaldas.

El hombre de Montserrat no es un policial clásico, ni tampoco una novela obvia en sus mecanismos de denuncia. En el cruce de ambas propuestas ficcionales el lector puede encontrar su riqueza, y un ejemplo notable de ficcionalización de nuestros dolores históricos.

. Mercedes Elena Seoane é nascida em Buenos Aires, morou no México, na Turquia e, atualmente, mora em Berlim. Graduada em Letras pela Universidad de Buenos Aires, mestra em Estudos Latino-americanos pela Universidad Nacional Autónoma de México e doutorando do Programa de Estudos Sociais da América Latina do Centro de Estudos Avanzados, Universidad de Córdoba.

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