Luis Borja, poeta del grito desesperado de las víctimas en la sociedad neoliberal

Por: ALLAN BARRERA*

Escribir sobre alguien que recién ha muerto, a quien encima se le ha tenido mucho cariño es difícil. El lenguaje no alcanza, al menos no el referencial, para expresar la devastadora ausencia que esa persona nos deja. Demoré, por eso, días pensando si escribir o no este texto sobre Luis Borja, pero al ver que otros amigos y colegas han rendido sus homenajes, me sentí motivado a hacerlo. Dejó aquí algunos recuerdos y una lectura póstuma que hice de su libro El disparo (2015), con el que ganó el Accésit en España.

Conocí a Luis en una fiesta de una amiga en común, allá por 2013. Yo no sabía nada de él. Él tampoco nada de mí. Desde el rincón donde se encontraba, Luis empezó a hablar de Slavoj Zizek y yo paré las orejas, porque me caía mal ese filósofo esloveno, nunca me atrajo su figura de filósofo pop y rockstar de izquierda. Entonces, al calor del alcohol, lo contradije, nada más para joderlo, porque honestamente no había leído nunca un libro entero del tal Zizek, aunque sí las críticas que se le hacían. Le dije que a mí no me convencía Zizek, que nada más era un difusor de Lacan y de Badiou (autores que tampoco había leído), sin ideas originales. ¡Para qué! De pronto, nos hallábamos en una de esas discusiones estúpidas de bolos en las que lo único que se quiere es demostrarle al otro que se ha leído más. Encima, él llamó a su amigo Eric Tomasino, joven comunista y escritor, muy informado, a quien le gustaba debatir sobre estos temas. También lo conocí esa noche y siento por él mucho respeto y admiración. El nivel de ambos me pareció impresionante. Luis sacó a bailar a Mignolo, a Quijano y a Dussel y habló de la subalternidad, la otredad y esos conceptos críticos de la teoría decolonial. Me sentí apantallado al escucharlo y en lugar de contradecirlo por contradecirlo, mejor me abrí a la escucha.

Destaco este pasaje para decir que Luis no solo era un poeta, sino también un intelectual de izquierda, preocupado por los debates en torno de pensar críticamente el poder. Siempre se asumió como un subalterno y nunca abandonó su posición de clase. En parte, pienso que por eso esa noche, después de la verborrea y la masturbada intelectual, terminamos riéndonos y conectando muy bien. Luis tenía ese otro brillo que lo caracterizaba. Era, como decimos en buen salvadoreño, “cagadísimo de la risa”. Su vulgaridad callejera y sentido del humor siempre me hizo sentir como en casa, en el barrio San Jacinto donde crecí. Era como todos mis amigos de la infancia, excepto que con él podía hablar de literatura. Y ahí otra coincidencia que nos conectó. Habíamos nacido pobres y encima se nos había ocurrido estudiar letras en la UES. Él en la multidisciplinaria de Santa Ana y yo en San Salvador.

A partir de esa noche nos hicimos muy amigos. Él siempre trataba —cosa que siempre le agradeceré— de incluirme en todos sus proyectos. Porque también era un articulador. Andaba siempre con que “hay que hacer una revista, una antología de poetas subalternos, un grupo de no sé qué, una lectura de esto y de lo otro, hay que hacer una clica poética, un bloque de escritores marginales…”, etc. Nunca paraba con sus ocurrencias. Por eso me alegré cuando me contó que lo nombraron director de la Editorial Universitaria, sabía que era un gran gestor cultural con un sin fin de ideas para echar a andar. En menos de un año había montado certámenes de novela, cuento y poesía en los cuales tuve la oportunidad de apoyarlo. Y en cola tenía varias ideas de publicaciones de ensayos críticos de ciencias sociales. Proyectos e iniciativas que ojalá puedan caminar sin él. La UES perdió a quien pudiera haber sido uno de los mejores directores de esa editorial. También a un profesor y a un buen académico en el campo de los estudios literarios.

Luis murió a los 35 años. Es lamentable que el COVID nos prive tempranamente de su obra. Poesía por publicar le hacía falta mucha. Sin embargo, logró dejarnos una impronta en la producción poética de nuestro paisito. Su nombre como poeta empezó a resonar en 2015, después de ganar un Accésit en España, con su libro El disparo. Tuvo que validarse afuera, primero, para que después se le reconociera en el inframundillo literario salvadoreño, como sucede en cualquier país provinciano.

Fue un autor prolífico. Los poemarios que publicó, además del ya mencionado, fueron: Letrosis (2013), Pus (2014), La herida del poema (2015), Mi hombro es una lágrima (2016), Un labial para las muertas (2017), UMIT (2019).Este último ganador delPremio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador, de España. Además, publicó la antología Subterránea palabra (2016) con otros poetas.

Tras la terrible noticia de su muerte, fui a su libro El disparo, que me había dado de obsequio en 2015. Quisiera compartir algunas de las lecturas que hice de él, a modo de rendirle tributo a su obra, la cual merece estudiarse a fondo porque nos dice muchas cosas sobre el país en el que vivimos.

El libro, El disparo. Cuentos del barr[i]o (2015), ganador del Accésit, que acompañó el XXIV Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, se divide en 19 poemas, cuyo tema central es la violencia social de posguerra. Los poemas están escritos en verso libre, combinando el verso largo con el corto. Alternando, además, diferentes perspectivas de enunciación: poemas en primera persona, otros en tercera, recurriendo al uso de un lenguaje crudo, desbordado, de metáforas descarnadas que devienen en una poesía estrepitosa, potente y efectiva. El poemario tiene como locus de enunciación a la ciudad, se modeliza una idea de país y de sociedad desde una poesía urbana.

El “yo” poético que Borja nos presenta en este libro toma cuerpo en personajes diversos. El sujeto lírico puede ser el país: “soy un país moribundo/ me nació el hijo entre la pólvora” (2015, p. 7). También puede ser una mujer explotada de alguna maquila: “soy la artritis gastada en la madrugada…/ la madre de la maquila/ la madre de todos los trapos / con mis manos sangradas estoy tejiéndole a la luna todo el silencio” (2015, p. 19). También puede ser un marero que con el corazón desgarrado le pide perdón a su madre: “madrecita perdóname por mi vida loca/ pero el barrio es igual a tu nombre/ es la santificación de un beso/ es el refugio de un niño moribundo/…la señal de que aun existo” (2015, p. 28). U otro pandillero que se dirige a su jaina, (novia en jerga pandilleril). “Vos sos mi jaina/ la bala fresca que va penetrando las tormentas/ sos la calma de todos mis muertos”. Desde esta estrategia de voces múltiples, Borja construye una poética y un mundo habitado por niños muertos, madres desesperadas, crackeros, padres que lloran a sus hijas asesinadas, prostitutas, todos personajes que hablan de manera desgarrada desde los márgenes de una sociedad subdesarrollada y dependiente como lo es la salvadoreña.

Borja manifiesta una preocupación estética por representar lo social, como la que tuvo la poesía comprometida de la segunda mitad del siglo XX en Latinoamérica. Y que en nuestra región tuvo a Roque Dalton y a Otto René Castillo como figuras cumbres del compromiso ético y político. Excepto que en la poesía de Luis ya no hay horizonte utópico revolucionario. No hay esperanza. No hay actitud heroica, sacrificial. Aquí, sí, como dice la canción de Sex Pistols, premonitoria del thatcherismo, “there is no future” (no hay futuro). Lo que hay es dolor, angustia y desesperanza.

Aquí el poeta, como en el poema “Porque escribimos” de Dalton, sigue teniendo “en las manos un pequeño país” con “horribles fechas” y “muertos como cuchillos exigentes” (Dalton, 2005, p. 268), pero un país que se cae a pedazos, no por la violencia política del Estado terrorista de la dictadura militar y el poder oligárquico, sino a causa de la precariedad que vino con la implementación del modelo neoliberal.

El disparo da cuenta de la violencia y la sociedad neoliberal a la que tuvimos que enfrentarnos las generaciones de posguerra. Una sociedad desmantelada y precarizada por los programas de ajuste estructural, implementados a partir de 1989 (Martínez, 2012). Un neoliberalismo que favoreció al gran capital, pero que les robó el futuro a las nuevas generaciones de posguerra, dando a la paz, inaugurada con los Acuerdos de 1992, un sentido de derrota, una sensación de que la posguerra, en términos de violencia, era peor que la guerra. A la violencia histórica del despojo, a esa violencia estructural se le agregó una violencia social, difícil de nombrar. Luis Borja condensa magistralmente esa pesadumbre en algunos de sus poemas, como en el que abre el libro, “El bello legado”:

“me nacieron los cansados días en el mercado

la agobiante tarde en busca de un muerto

la oxidada rutina de verme desnudo y sin cinco

me nació la hipotecada ilusión de una casa

la deuda externa facturada con mi nombre

la cansada tradición de hilvanar los sueños en una maquila

me nacieron los hijos traficantes

Me nació el lavado de dinero

Me nació la corroída mueca del narco

[…]

Me nacieron las temblorosas manos del sicario

el ajuste de cuentas tiñendo las calles

la bala perdida […]

Me nacieron las pandillas

La pactada muerte entre sus dedos

la tatuada cicatriz de un país sin memoria

la agobiada mutilación de los días

Los cementerios clandestinos

Y la agonía de salir a las calles

las apiladas caricias de los cráneos sueltos

la decapitada mueca de los muertos […]

La agonía de pegarme un tiro y entrar como un dios a los despojos que me dejó la posguerra (Borja, 2015, p. 9).

El poema es un lienzo de la sociedad salvadoreña de posguerra en el que la violencia ocupa un lugar central. Sobre el nuevo tipo de violencia que comienza a tomar forma tras las negociaciones de paz, el investigador José Miguel Cruz (2003) señala que adopta una nueva característica: su naturaleza impredecible. A diferencia de la inseguridad creada por la violencia y la represión propias de los regímenes militares, en los cuales las personas sabían a lo que se enfrentaban y cuáles áreas sociales y políticas estaban prohibidas por el régimen, la violencia y el crimen de posguerra se caracteriza por gestar en la población temores sociales difusos (Cruz, 2003).

La antropóloga Ellen Moodie ha argumentado, también a este respecto, que el surgimiento de la violencia de posguerra está íntimamente ligado con las políticas de ajuste estructural, que al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, conllevó privatizaciones de instituciones del Estado, desregulación masiva de los mercados, descapitalización de los servicios de salud, educación y vivienda social, flexibilización laboral y apertura de las economías hacia el exterior.

La poesía de Borja surge como grito desesperado de quienes se han visto castigados por esta violencia sistemática, silenciosa, que se presenta de manera velada y que deviene en violencia social. Es el grito de las víctimas de esta racionalidad neoliberal lo que Borja estetiza. El grito de la gente que no encuentra empleo: “El hombre bosteza con la parpadeante necedad de un trabajo arrastra sus huesos sobre el pavimento (…) / solo él puede entender el puño en la sangre/ …soportar la fingida vida” (Borja, 2015, p. 12). Es el llanto y la queja de la gente que, además de sobrevivir a la precariedad, tiene que enfrentarse a la violencia social de todos los días.

En el poema “La promesa”, por ejemplo, se cuenta la historia de un padre de clase trabajadora a quien le mataron a la hija Clelia, de apenas 5 años de edad. El padre se lamenta, sin consuelo, por la pérdida de su niña: “Clelia mi amor/ estoy tan lejos de ti/ te prometo/ volveré a acariciarte aunque sea con mi muerte” (Borja, 2015, p. 30). Después del lamento, el padre, desconsolado, jura venganza, y ahora se dirige al asesino: 

“He de encontrarte hijueputa 

y así calmar las ansias que tengo de matarte

lo juro

(…)

descuartizarte como a un animal

y esparcir tu cuerpo por la ciudad

hasta que te pudras rodeado de mierda

(…)

y así podré calmar mis ansias

mientras te acuchillo al ritmo de mis latidos” (Borja, 2015, p. 31).

El poema evidencia la situación de las personas pobres en El Salvador quienes, atrapadas en el entramado de violencia social, en lugar de acudir a las instituciones del Estado encargadas de impartir justicia prefieren tomar venganza por su cuenta. El Estado no existe en el poema, no hay deíctico, ni intertexto que haga visible su presencia. De hecho, en todo el poemario es una figura ausente.

Esto puede interpretarse a la luz de lo planteado por Moodie. Para ella, tras la firma de los Acuerdos de Paz, el Estado salvadoreño promovió en la sociedad la gestión individual del riesgo sobre la violencia, pues le era favorable que la población asumiera la violencia de posguerra como riesgo individual y responsabilidad propia, y que interpretara los delitos y crímenes como actos atomizados, desconectados de las relaciones sociales o de las condiciones políticas (Moodie, 2017). La lógica subyacente fue que, si la población asociaba la violencia a hechos individuales y no estructurales, entonces el Estado capitalista puede gobernar de manera más efectiva. El peligro para la paz y la democracia no son los individuos, sino la ideología cuando es ejercida colectivamente. Se inauguró así una era de democracia de mercado estructurada alrededor de la responsabilidad privada por la gestión del riesgo de la violencia (Moodie, 2017). Así como en el mercado la libertad personal e individual se encuentra garantizada y cada individuo es responsable y debe responder por sus acciones y de su bienestar, este principio se extendió a la esfera de la violencia: cada quien es responsable del riesgo de la violencia social. De esta lógica da cuenta el poemario El disparo de Borja. Esta gestión individual del riesgo, ciertamente, tuvo una distribución inequitativa entre géneros, razas, sexualidades y clases. “Siempre, en El Salvador, las mayorías pobres, en la tradición de los oprimidos, cargan con el peso del peligro del día a día” (Moodie, 2017, p. 105).

El país que Borja construye desde la poesía es un país atravesado por la espada de la violencia: pandillas, toques de queda, narcotráfico, crímenes comunes, asesinatos, madres desesperadas. “Vivo en un país donde la bala sale/ como un beso que te manda la muerte” (Borja, 2015, p. 25). Un país también devastado por la violencia estructural, reflejada en la migración, la triste fantasía del sueño americano, las osamentas de los migrantes en su poema “El desierto”, o los vejámenes de la explotación laboral en su poema sobre lamaquila.

La elección de estos materiales sociales para la creación poética está dada por una realidad social que se impone, de la cual, viviendo en El Salvador, resulta difícil abstraerse. Escribir o no sobre dichos materiales es una decisión política. En el caso de Luis Borja, también se debió a su origen de clase. Él conocía bien esos contextos. No fue una exotización de la violencia, sino una realidad que era suya, que le dolía, y que cargó con sus brazos de poeta hasta sus últimos días. No es casualidad que en su último poemario UMIT (2019) se adentrara con sus indagaciones a explorar en lo telúrico de la raíz indígena y sobre un hecho sangriento del cual todavía no cicatrizamos: la masacre de 1932. “Yo soy el puño y el grito/ Porque lucho desde los rincones de la piedra/ Tengo las fuerzas en la sangre que me bulle como un caballo perdido/ Respiro / Y encuentro en mis manos los huesos de mis abuelos” (2019).

El retrato poético de la sociedad salvadoreña que Luis Borja construyó en El disparo, de una sociedad precaria y violenta, donde los sujetos viven desesperados, sin esperanza, en constante asedio, cercados por la muerte, es, a mi modo de ver, una denuncia de la sociedad neoliberal y de esa violencia social que surgió con ella tras la firma de los acuerdos de paz. Una violencia estructural de larga data que no es nueva, pero que se metamorfoseó para los propósitos de la economía neoliberal y que reviste las decisiones y responsabilidades históricas de quienes nos trajeron hasta esta sociedad desesperanzada.

Luis Borja nos convoca, desde este libro, a dirigir la mirada a las víctimas de esta sociedad desmantelada de posguerra, a poner nuestro oído en su poesía para escuchar “la voz húmeda de todos los muertos”, “el agónico llanto de (las) madres”, “la carne podrida de los hijos de la guerra”, los marginados y precarizados, “los que nacieron con la bastarda manía de matarse” (Borja, 2015, p. 35). Es un libro que condensa el dolor dentro de una sociedad en la que las formas de solidaridad han sido aniquiladas en favor del individualismo, la responsabilidad personal y la propiedad privada. En la que, además, se ha instalado un sentido común que interpreta el éxito o el fracaso personal en términos de habilidades empresariales o de fallos personales, en lugar de atribuírselos a causas estructurales como las exclusiones de clase que genera el capitalismo.

Desde diferentes miradas que se desprendieron de la lectura del cinismo y del desencanto (Cortez, 2009) se instaló la idea de que la literatura de posguerra expresaba una renuncia del compromiso político. La poesía de Borja, sin embargo, se coloca encumbradamente en una tradición comprometida que, desde Oswaldo Escobar Velado hasta el presente, continua viva, aunque con matices y recolocamientos nuevos, sin perder de vista la denuncia de lo existente.

*ALLAN BARRERA es escritor e investigador salvadoreño. Estudiante de doctorado en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Licenciado en letras y maestro en Estudios de Cultura Centroamericana por la Universidad de El Salvador (UES).

Bibliografía

Borja, Luis. (2015). El disparo. Cuentos del barr[i]o. Madrid: Visor libros.

Borja, Luis. (21 de abril de 2019). Dos poemas inéditos de ‘UMIT’, del salvadoreño Luis Borja, libro ganador del Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador. Obtenido de Crear en Salamanca: http://www.crearensalamanca.com/dos-poemas-ineditos-de-umit-del-salvadoreno-luis-borja-libro-ganador-del-premio-internacional-de-poesia-pilar-fernandez-labrador/

Cortez, Beatriz. (2009). Estética del cinismo. Pasión y desencanto en la literatura de posguerra. Guatemala: F&G editores.

Cruz, José Miguel. (2003). Violencia y democratización en Centroamérica: el impacto del crimen en la legitimidad de los regímenes de posguerra. América Latina Hoy, 19-50.

Dalton, Roque. (2005). No pronuncies mi nombre. Poesía completa I. San Salvador: dpi.

Martínez, Julia Evelyn. (2012). Centroamérica. Ajuste estructural e impacto sobre la vida de las mujeres. Pueblos Revista de Información y Debate.

Moodie, Ellen. (2017). Las secuelas de la paz. Criminalidad, incertidumbre y transición de la Democracia en El Salvador. San Salvador: UCA editores.

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