Lugares comunes: de cuando un cuento nos habla de añicos salvadoreños

Por: CHRISTY NAJARRO GUZMÁN*

(imagen: portada del libro “Lugares Comunes”)

Mis recuerdos sobre la guerra civil salvadoreña son borrosos, era demasiado pequeña para retener en la memoria los hechos, aunque puedo decir que recuerdo algunos hechos que marcaron no solo mi inconciente, sino los de la mayoría de salvadoreños que vivimos el proceso bélico. “Lugares comunes” (2018, )de Alejandro Córdova, fue publicado el año en que, después de un poco más de una década regresara a la casa de mis padres, a mi Santa Tecla querida, a El Salvador. Estaba sedienta de historias, quería conocer los caminos creativos por los cuales la literatura, esa mi eterna compañera, había digerido (o no), más de veinte años de “paz”.

Su cuento narra la historia del padre del narrador (que no es su padre) durante una prisión indebida durante los años más crueles de la guerra civil. Era 1985. Que la narrativa se pasara en el año en que nací me hizo depararme de golpe con el espejo empañado de mis recuerdos… Como les decía, no recuerdo mucho sobre la guerra, y lo que mi memoria retiene de los primeros años es un tanto impreciso (creería yo que mis recuerdos tienen la nitidez de las memorias que creamos entre los 03 y 06 años).

La carátula del libro, diseñada e ilustrada por César Rauda, es oscura, la única luz que el lector ve es la luz de una celda que proyecta las rejas de la puerta de la celda en la que suponemos fue casa de Nerio y sus compañeros, el personaje del cuento. La narrativa se divide en siete capítulos, todos nombrados con las letras del alfabeto, es decir, tenemos el capíutlo “A”, el capítulo “B”, el capítulo “C” y así por delante, ¿por qué una letra y no una frase, una pregunta o incluso un nombre? Podría aventar la hipótesis de que las letras corresponden a nombres, a nombres de presos políticos, a presos imaginarios, a presos que pudieron haber existido (No nos olvidemos que Aristóteles nos decía que el poeta no habla de lo que sucedió sino de lo que podría suceder o podría haber sucedido).

El cuento de Córdova aborda las peripecias de Nerio, durante el período que, como comentaba, estuvo preso indebidamente. En cada uno de los capítulos vemos a un narrador en tercera persona que, de la misma manera que un director cinematográfico toma decisiones narrativa, pero que inmediatamente vuelve la cinta y retoma la escena por otro camino. En muchos momentos titubea, como si no conociera la historia que quiere contar, como vemos en la abertura del capítulo “C”

Se me ocurre que Nerio hace tres amigos. A uno lo llamaré Dimas y sospecho que está ahí porque mató a un militar con sus propias manos (CÓRDOVA, 2018, p.25)

Ya más adelante

Estamos en una cárcel. Adentro nuestro héroe se gana el corazón de todos. Afuera la guerra hace temblar la tierra. Es todavía 1985. Es de noche (…). Imginémoslo como en las películas: la cámara se aleja y se aleja en medio de la oscuridad, la voz de Nerio permanece (…) (CÓRDOVA, 2018, p.25)

Se me ocurre que el narrador es un director cinematográfico; de hecho, la narrativa que el lector tiene en sus manos es por demás imagética: como lectores/espectadores vemos a Nerio con los compadres presos, esos sí, diferentemente de Nerio, estaban enamorados de la revolución.

De la narrativa un tanto difusa de Lugares Comunes paso a la narrativa difusa de los tiempos de la guerra: a pesar de hay una diversisdad de novelas, cuentos, documentales, parecería que diferente de los demás países latinoamericanos, El Salvador decidió olvidar las últimas décadas del siglo XX. La memoria del narrador del cuento de Córdova nos da indicios sobre los caminos de rememoración que como sociedad tomamos para pensar nuestra historia: difusos e ininteligibles. A treinta y un años de la firma de los Acuerdos de Paz, realizados en el Palacio de Chapultepec en México, muchos de los salvadoreños niegan la guerra civil, otros imaginan que nuestra pós-guerra ya se terminó, como si por decreto pudiera pasarse un borrador. Quizás los años inmediatamente subsecuentes a la firma de los acuerdos significaron eso: “borrón y cuenta nueva”, como si a partir de entonces, hubiera otro país y otra sociedad, el tiempo, sabio, nos muestra que los procesos sociales, culturales, políticos y económicos no funcionan por decreto.

En 2015, Elena Salamanca escribía, para estas mismas fechas, la columna La muralla de la paz: #Faltan70mil y en ella nos habla del trabajo de la memoria, del trabajo de luto por aquellos que no están, que nunca supimos su paradero. Pienso que es un texto que, junto a la narrativa de Córdova, nos alerta para ese vacío del que ningún salvadoreño habla, al fin y al cabo, después de aquellos años todo cambió, pero nunca, a pesar de discursos acalorados, a pesar de las novelas, de los “debates”, nunca hubo un trabajo de luto, porque como Salamanca nos alerta:

La posguerra nos embobó. Pensamos que el mojón era frontera, muro. Pensamos que a partir del 17 de enero de 1992 habría paz, una idea de paz, palomas blancas volando, banderas nacionales que ondeaban, fade out… Comenzó un proceso, la posguerra, cuyos andamiajes políticos nos llevaron a levantar una muralla contra la empatía, el luto y el duelo (SALAMANCA, 2015)

Diría que hoy, que a ese muro le hemos puesto más ladrillos, lo hemos hecho más alto y poco nos importa quienes se van, quienes se quedan, quienes aun buscan a sus desaparecidos: ya sea por la guerra civil, ya sea por los desplazamientos forzados, ya sea porque en El Salvador la muerte y las desapariciones siguen siendo el pan de cada día: Ahora no es la guerra, ahora no es la dictadura militar, ahora son los pandilleros, ahora es el estado de excepción que no deja de atropellar los derechos humanos.

No sé dónde estamos (…). Vemos borroso. Déjenme hacer memoria, hago lo que puedo (…). Nerio intenta, pero no consigue acordarse de nada. Yo tampoco (CÓRDOVA, 2015, p.41)

Así como el narrador de Lugares Comunes, yo tampoco se dónde estamos, quizás es 2023, quizás han pasado 31 años desde la firma de los Acuerdos de Paz en Chapultepec. Quizás quiera volver a vivir en El Salvador, pero a mis treita y siete años, después de la última década del siglo XX, en medio del miedo a la onda de los secuestros, después de la dolarización, después del bitcoin, ya no sé si quiero volver. Ya no sé si puedo volver.La narrativa de Córdova nos invita a hacer un trabajo de memoria, un trabajo de luto, nos invita a mirarnos en el espejo fragmentado de nuestra historia y, a partir de nuestras historias particulares, descubrir y construir la memoria colectiva de El Salvador.

  • CHRISTY NAJARRO GUZMÁN es Dra. en Literatura, cuentista, cronista, profesora de español y de portugués como lengua extranjera. En 2019 publicó el cuento “Entre el hielo y la cocina” en el libro Esto no es cuento, bajo la editorial Índole, de El Salvador. En 2020, junto a otras escritoras, publicó Lo que nunca te dije mamá, bajo el sello de la Revista Alharaca, de El Salvador. Desde mayo de 2021 publica mensualmente cuentos en la Revista Cassandra, de Rio de Janeiro, Brasil. Hace parte de la Red de Investigación de las literaturas de mujeres de América Central (RILMAC) y de la Articulación Centroamericanista O Istmo, integrando también el Grupo de Trabajo CLACSO : “El istmo centroamericano: perspectivas epistemologicas perifericas”.
Publicidade

Deixe um comentário

Preencha os seus dados abaixo ou clique em um ícone para log in:

Logo do WordPress.com

Você está comentando utilizando sua conta WordPress.com. Sair /  Alterar )

Imagem do Twitter

Você está comentando utilizando sua conta Twitter. Sair /  Alterar )

Foto do Facebook

Você está comentando utilizando sua conta Facebook. Sair /  Alterar )

Conectando a %s